Viajamos Lizi y yo hacia el país del norte (américa, en principio con minúsculas), para pasar unos días con Helen, la prima boliviana-gringa que vive, desde hace ya algunos años, con su compañera Jean, en una casa-bus.

Extraordinaria experiencia esa de vivir en “permanente movimiento”, siempre apretados los unos a los otros, siempre rozándonos el pecho o la nalga para ir al baño, a la cocina o al asiento del copiloto (en realidad todo estaba “en línea” y a pocos centímetros de distancia). En las noches yo presionaba un botón y, automáticamente bajaba una plataforma donde me acomodaba, luego de colocar la colchoneta, una almohada y unas sábanas, ya que “la clima” ayudaba y permitía dormir sin cobijas.

Íbamos de parking en parking, y así conocimos muchos estacionamientos, todos de supermercados, entre ellos los “Wall-mart”, donde se permite que campers –como el nuestro- pasen la noche, al igual que camioneros de envergadura (por el tamaño de sus vehí/culos me refiero) que descansan, se provean de insumos para la siguiente etapa del viaje o satisfacen sus necesidades carnales con “señoritas” de la localidad.

Montados en nuestro casa-bus visitamos el Pérez Museum, el Museo de Dalí y nos dimos el lujo de pasear con nuestro gigante sobre ruedas, por la arteria principal de Miami, circulando grandilocuentemente frente al Art-Deco Museum, igualito que las estrellas del circo maiamiesco, que hacen gala de sus extravagancias, bordeando la ridiculez para “existir”  con un exhibicionismo bastante barato y estridente. Como nosotros mirábamos “desde lo alto”, nos sentimos muy bien, superando “con mucha altura” todas estas expresiones “mundanas” y extravagantes. Finalmente, acuatizamos en las tibias aguas del mar Caribe y humedecimos nuestras ideas al interior del casa-bus con unos añejos tragos de ron “Zacapa”…

Durante esos días, visitamos parques nacionales donde abunda otra fauna más equilibrada y natural: la de los caimanes y manatíes. Los primeros afloran a la vera del camino y casi ni se inmutan con la presencia de los visitante, como diciéndote: “yo llegué primero y permaneceré por más tiempo”…los segundos retozan en las aguas calmas exhibiendo toda su redondez que les aflora por pura felicidad. Remamos en Kayacs, sudamos en bicicletas (todo esto a los 66´s años), para decirnos a nosotros mismos: “si podemos”, aunque en la noche te afloren las “macurcas” y pienses objetivamente que lo mejor era haberlo hecho -por lo menos-, hace 30 años antes.

Luego de la primera semana, dejamos nuestra casa-bus y nos separamos de Helen y de Jean para dirigirnos hacia New Orleans, en un auto gentilmente prestado por nuestras anfitrionas. Este era nuestro destino “idílico” programado, distante a más de mil kilómetros desde Orlando.

Hicimos escala en Pensacola, un reducto vacacional donde los blancos se vuelven colorados, los mulatos más negros y los negros desaparecen (porque no van a esas playas). Dormimos en casa de un simpático anfitrión airbnb y, en la mañana siguiente nos dirigimos a la playa,  para disfrutar de la arena blanca y de la tibieza de las aguas del Golfo de México. En la tarde continuamos nuestro viaje hacia  New Orleans, llegamos a una casita pobre, de un  afroamericano pobre, en un barrio pobre, ofertada en el sistema airbnb. No fue la mejor elección porque nuestro anfitrón resultó ser un tipo hosco, con pocas luces en su precaria vida (y también en su casa que siempre la mantenía a oscuras, con las ventanas y cortinas cerradas, con un rancio olor a guardado y con la luz y la TV encendida durante todo el día). Triste…, oscuro….

En estas circunstancias, lo ideal era permanecer todo el día afuera para retornar agotados y solo dormir. Cada mañana, temprano, nos desplazábamos desde nuestra casa, como en nuestra propia ciudad (gracias al gps) hacia el  “french-cuarter”, el centro histórico de New Orleans, donde todo florecía: la gente, las casas, la música, la comida. Un ambiente lleno de experiencias inolvidables.

Durante una semana disfrutamos, todos los días, de buen jazz, souls, violines y saxos callejeros, también de buena cerveza y rones…como para entonarse y seguir el ritmo con los pies o chasqueando los dedos, gritando guauuuu! O bravoooooo….! Mientras los gringuitos/as gritaban yehaaaa! Yehaaaa!

Volvimos a Orlando por la misma ruta, esta vez sin escalas y de en un solo tirón. Manejé durante unas 12 horas seguidas para retornar a nuestro amado casa-bus, donde pernoctamos esa noche con nuestras maravillosas anfitrionas para ponerles al tanto de nuestras experiencias y vaciar el saldo del Zacapa. Al día siguiente y por la tarde tomamos un bus hacia Miami, llegamos en la noche, nos alojamos en un hotel carísimo y mediocre muy cerca del aeropuerto y finalmente con un madrugón partimos hacia Quito, con la certeza de habernos alimentado en alma y espíritu en los encuentros familiares de nuestro casa-bus, descubierto que la vida está en permanente movimiento y que la música afroamericana, desde sus orígenes,  te mueve las entrañas…

Por eso me pregunto con frecuencia “en qué bus vas vos ve…..?”

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